Te presiento.
Nunca antes se había sentido así. Irradiaba optimismo y podría decirse que en un estado pletórico se encontraba. Por fin volverían a estar juntos tras varios años de inevitable y dolorosa separación y la mezcla de alegría y nerviosismo que la invadía era una sensación tan placentera... Había estado preparando tan ansiado momento durante la última semana y se encontraba agotada pero, como ya dijimos antes, feliz. Deseaba que esa noche resultara tan especial para ambos que mantenía la esperanza de que aquel mágico reencuentro fuese el definitivo; aunque la comprensible duda y expectación que le causaba el no saber a qué persona se iba a encontrar tras todo este tiempo sin saber de él, impidieron, con invisibles hilos de raciocinio, que ascendiera hacia las nubes reteniéndola frágilmente a la realidad. ¿Cómo reaccionaría al verle? ¿Se fundirían con un cálido abrazo y un apasionado beso? Sentir de nuevo su cuerpo aferrado a ella y saborear sus labios se le antojó el mayor de los placeres y la sola idea de volver a hacerle el amor la sedujo con tanta fuerza, que se estremeció de deseo...
Ensueño.
El silencio del Paraíso corrobora su vacuidad.
La espada de fuego en la entrada impide el retorno de sus antiguos moradores.
Un siglo y otro siglo deberán pasar durante siete eones y un eón antes de que el sueño termine y la humanidad unida a su verdadera esencia abandone el exilio de la realidad.
Las hojas se desprenden de sus árboles.
Creía ser hoja de un árbol, cuando sin querer me sentí una hoja al viento. No sabía que las hojas del árbol caían antes del otoño, antes del verano, después de una primavera, o en un invierno. Yo empecé a bagar en todas las estaciones, recorrí veranos solitarios, primaveras sin mi flor, otoños sin hojas, inviernos invernando. Pero en cada una descubrí otras hojas, con igual color, y al despedirnos nos encontramos en distinta estación. Nunca cambié mi nervadura aunque a veces perdí la cordura. Estuve sonriendo entre enredaderas hasta subirme a las escaleras. Estuve en silencio entre Captus hasta encontrar la frontera. Más no quise enfrentar otras hojas, y terminé rozando el suelo, y encontrando consuelo después del duelo.
"Sumisión"
Aquella persona extraña se metió de lleno en mi vida y poco a poco fue absorbiendo todo lo que de mí pretendía. No tenía más que preguntarme y yo, inocente, le contaba, con palabras bellas, todo lo que en mí había: los secretos más celosamente guardados, los anhelos y también las alegrías. Su voracidad era tal que todas las noches sentía sus ojos color avellana clavados en mí, hechizados, sin apenas pestañear y absorbiendo mi esencia y mi identidad. Sus manos se posaban y me recorrían sin que pudiese hacer nada para escapar a su férrea voluntad. Al cabo de algún tiempo me vi desnudo y sin secretos que guardar.
¿Desván o paraíso?
La verdad, no sé por qué alguien cuando es castigado con ir al desván se rasga tanto las vestiduras. En serio, no lo entiendo. El caso es que a mi me encanta ese olor que desprenden los desvanes a materia rancia, a papel húmedo y arruinado, a soledad reposada, a olvido. Me gusta moverme entre esa gruesa capa de polvo, entre esas finísimas partículas año tras año acumuladas, unas encima de otras. Cada vez que mi padre me castiga con el desván algo estalla dentro de mí y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no delatar con mi cara la emoción que me embarga por dentro. Dirán ustedes que soy un bicho raro o un autista.
Vísteme despacio que tengo prisa.
Era una mujer de naturaleza depresiva y con predisposición al suicidio. Lo había intentado en multitud de ocasiones y siempre había fracasado. La primera vez se tiró desde un puente, con tan mala fortuna que unos pescadores la rescataron. Lo intentó de nuevo tirándose por una ventana, pero un toldo amortiguó la caída y salió con unas costillas rotas. En otra ocasión se tendió en la vía para que el tren la arrollase, pero cuando estaba encima cambió de vía. Así hasta doce intentos.
La presa.
El calor es excesivo y su escasa ropa se le adhiere al cuerpo, pero es tal la concentración y tanto el peligro al que se expone que, lejos de resultarle incómodo, apenas lo nota. Ahora se está desplazando con extrema cautela en un escenario desconocido para él atento a cualquier sonido o movimiento sospechoso. Está herido y sediento y ha decidido beber de su cantimplora guareciéndose bajo la providencial sombra de una acacia. Mientras orina apoyado en su tronco, no deja de observar los alrededores y mantiene el rifle dispuesto a hacer uso de él al más mínimo indicio; no ha de perder el tiempo, le va la vida en ello. Su agotamiento ha obtenido un brevísimo descanso pero de inmediato ha vuelto a reanudar la marcha sin descuidar la retaguardia en ningún momento. Avanza sigiloso alejándose de lo que ha dejado atrás. No quiere recordarlo porque teme quedar nuevamente bloqueado -ha sopesado la posibilidad de disparar contra él mismo si esto volviese a ocurrirle- e intenta por todos los medios alejar las brutales imágenes que, si sale con vida de ésta, no podrá olvidar; eso es precisamente lo que él quisiera pero en la situación en la que se encuentra mantiene muy pocas esperanzas -por no decir nulas- de poder contarlo.
Alcanzar los límites.
Todo daba vueltas. Estaba aturdido. Richard tardaba demasiado en tapar el agujero. El cuerpo se resbalaba. La lluvia caía implacable. No quería tocarlo. Le di un puntapié y evité su caída. Por Dios, ¡date prisa hombre!. - ¡Maldito imbécil!, me respondió.
Nadie sospecharía de mí por eso Yo era el tipo raro al que todos evitaban. Nunca podrían imaginar lo que se les avecinaba. Llevaba trabajando en mi descubrimiento dos malditos años. Nadie quiso escucharme. La dirección me negó la subvención. Era cuestión de días hacer realidad mi sueño: ¡regreso a la vida! Por fin cargamos al muerto y lo llevamos al Laboratorio. Sentí un escalofrío al tocarlo. Inyecté la solución y esperé pero me quedé dormido. Un susurro a mis espaldas. Unos pasos. Giré la cabeza. Mi grito se ahogó en la fuerza del golpe.
La pregunta de Javier.
Me volvió a suceder tal como en meses anteriores. Por la tarde salí del trabajo con mis amigos a ver un partido de fútbol. A la hora de los refrigerios repartieron gaseosas, cervezas frías, cigarrillos y otros aditivos.
¡Una, no es ninguna! me dije; y dos no fueron suficientes. Pedí otra y otra, aún contra la voluntad de mis amigos, que al terminar el partido se fueron a casa. Solo yo, Javier, desperté a seis de la mañana, en el “Cementerio de Los ilustres” al sur de la ciudad, sobre la tumba de mi esposa, tenía los ojos hinchados de mucho llorar. Cuando amaneció, me pregunté. ¿Cómo llegué hasta aquí, por enésima vez?
Javier, el hermoso.
Por las 250 libras de peso y mi “uno cincuenta” de estatura, me apodaron “El Hermoso”. Pero yo, Javier, fui muy hermoso desde que estaba en el vientre de mamá, porque cuando Amanda se dio cuenta que estaba embarazada, preguntó a mi abuela Lupita:
- ¿Mamá, qué debo hace para que mi hijo nazca hermoso? Lupita respondió:
- Debes comer todos los días un plátano y por las noche una cerveza negra.
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