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Aun recuerdo la tarde en que los encontré, el lugar y porque los hallé; lo que también recuerdo son las terminaciones de las series de los billetes para luego jugarlos a la quiniela. Cosa que jamás hice al final.
Venia con una moneda y todo, de un peso, además de un billete de veinte pesos, dos de diez y dos de dos pesos.
Un total de cuarenta y cinco pesos redondos.
Estaban dentro de una billetera negra sin documentos, ni tarjetas de créditos ni de colectivo, en fin ningún documento que me obligara a devolverla.
Bien ahora viene la parte de gastar ese dinero y lógico en que; mi madre me dijo que para que no se rompiera la cadena de encontrarme dinero debía gastar parte de el en alimentos, lo cual hice. Otra parte fue destinada a útiles escolares para mis dos hermanas menores, que los necesitaban. Además mi madre no tenía ni un peso encima.
Por dentro mío pensaba, desdicha de algunos, dicha de otros. Amen de que le agradecí a Dios el hecho de haberme encontrado semejante cantidad de dinero en una época financiera nacional y hogareña tan critica.
A este río le llamaban Charles.
Lo llamaban Charles.
Charles nació en Wichita en 1989. Desde joven siempre se evadió del mundo imaginándose todo lo que él quisiera. A la edad de 3 años, Charles aprendió a escribir; con 4 años ya iba con una libretita a todos lados, escribiendo desde banalidades a gloriosas fantasías.
Charles nunca, o casi nunca, se relacionaba con sus compañeros de clase, y tampoco hacía lo mismo que ellos. Prefería quemarse las retinas leyendo un buen libro que derretirlas con el aparato diabólico que era la televisión.
A Charles nunca le interesó el amor, no al menos implicando la realidad. Lo tenía todo en sus libros, tanto en los que leía como en los que escribía. Lo sabía todo sobre el amor. Romance tardío, romance de casados, romance de maduros, romance de jóvenes y adolescentes y otra clase de romances. Amor del que duele, amor del que gusta, del que divierte, del que es sano, del que te hace sonreír, del que te hace vivir, amor del que te hace amar…
A la temprana edad de 15 años, Charles escribió un libro. “El Libro”, lo llamaron algunos, sorprendidos por la capacidad literaria del muchacho. Durante años, muchas personas aguardaron ansiosos a un nuevo libro de Charles. Quizá una continuación del anterior, algo que les saciara su hambre literaria. Pero nunca llegó. Charles ya no tenía ojos para hacerse famoso, ya no.
A través de los cristales.
Una de las cosas que mas me satisface es la de poder mirar desde la ventanilla del autobús y más cuando en la monótona repetición del día a día me encuentro rodeado de gente que conozco e incluso aprecio a pesar de que desconozca sus nombres, personas planas, sorprendentes, espontáneas, encuentros casuales que atenúan la soledad de las ciudades, la calidez de la primavera o la melancolía de los otoños.
-Buenos días…sonriendo le digo al conductor que se limita a mirarme, amargado porque tiene que obedecer órdenes, que puede entender o no, pero que no admite.
Un autobús urbano, con pocos asientos aunque los suficientes como para poder ocupar uno de ellos en la primera de las paradas y mas, estando desde hace un largo tiempo en la cola, dejando pasar el anterior para ocupar un puesto privilegiado en este, sin preocuparme los vaivenes de la oronda señora que ha llegado tarde y en pie trata de sujetarse al mismo tiempo que hace lo mismo con el carrito en el que lleva la compra, o del jubilado que tras la señora carraspea repetidas veces sujetando a la mujer.
-No te preocupes, verás como alguien te cede el asiento….en clara alusión hacía mí que continúo quieto con la mirada clavada en los cristales, sin hacer caso de las tonterías que escucho, de sus palabras, ideas absurdas que quieren ser importantes.
A veces los sueños son el lenguaje del alma...
Cada mañana al despertar en su mente estaba grabada la misma misteriosa imagen: Un enorme pero silencioso río cuyas orillas estaban adornadas por miles de pequeñas hojas de cerezo que, sinuosas, dedicaban una danza de despedida a los frondosos árboles que las habían visto nacer para ir a acabar a las aguas y al follaje. Aún despierta, notaba la brisa gélida que envolvía aquel paisaje, la misma que sonrosaba sus mejillas y evaporaba cada suspiro que emanaba de sus labios. Si existía alguna palabra capaz de describir ese momento, sin duda era Serenidad. Se veía a sí misma camuflada bajo un enorme vestido con un tacto que le recordaba a la seda, calzados de paja bien labrados e increíblemente cómodos y envuelta por una preciosa melena negra que parecía no tener fin.
En ese recuerdo inconsciente, inexplicablemente, se sentía como en casa, con una sensación de confianza y seguridad que jamás soñó alcanzar en su mundo consciente. Era extraño. Su mente se llenaba de porqués que ensuciaban aquel maravilloso sueño que parecía más real aún que su propia vida una vez abiertos los ojos. Decidió entonces no arriesgarse a partir la bella sensación que le brindaba cada despertar, y una vez más, dejó de cuestionarse para proseguir con su rutina de vida.
Niza había llevado una vida de búsqueda continua y sin frutos desde el día de su llegada a este mundo. Obviamente, esa búsqueda era algo tan subterráneo en ella que de lo único que podía percatarse era de que su vida diaria estaba gobernada desde que tenía recuerdos por un sentimiento de frustración y resignación. Había aprendido muy bien a acallar las voces que rogaban por salir de su interior, y a evitar preguntas, más que a oir y a contestar. Pero su instinto y su conrazón no parecían dispuestos a rendirse sin más a una vida de mediocridad y aprovechaban cualquier momento en el que el consciente de Niza bajara la guardia para salir y llenar de dudas la mente de la joven e ir rasgando, poco a poco, ese caparazón indestructible.
Adios Cristina, adios.
Una habitación. Cristina se encuentra sentada encima de la cama. En la mesilla hay unas tijeras y una bandeja. En la bandeja hay heroína, una jeringuilla, un mechero y una cucharilla. Cristina se prepara un chute y se lo mete. Entra Él, y Cristina parece esperarle. Se saludan, y él pregunta por el miedo, siempre el miedo. Ella no es sincera al responder porque le teme, y ha soñado demasiadas veces con él como para creerle. Pero en ningún caso ha venido para hacerle daño. Sigue siendo una niña que necesita abrir su corazón para expiar los temores, luego él se irá, le da su palabra, como se va el viento cuando ya ha soplado todo lo que tenía que soplar. ¿De qué tiene miedo? A la enfermedad, por ejemplo. Todavía no lo ha superado. ¿Quién marca un plazo? Cristina es joven, está aquí y ahora, de momento, por supuesto, tiene miedo de los recuerdos, de la pérdida y de la distancia que separa los corazones. Y de la culpa, y de la soledad, y de la locura… ¿Y de la estupidez de la persona que sólo confía en sí misma y está sola, y loca? Teme de las sombras que se apoderan de sus pesadillas. Él duda pero al final hace la pregunta, ¿no hay luces en tus sueños, Cristina? Las hay, lejanas, muy lejanas, piensa ella, aunque no alumbran más que una vana esperanza, pero esperanza al fin y al cabo. Se siente culpable, no sabe siquiera si él será real. Puedes estar segura de que lo es. ¿Sabes Cristina quién nos impide abrazar el cielo? La culpa, siempre, la culpa. Las flores marchitas también pueden florecen y convertirse en ilusiones de futuro. Es cuestión de regar las intenciones con anhelos de cambio, y no con heroína. Cristina llora, y la droga, que progresa, y progresa… Son demasiadas penas, sí… pero una mala persona puede también arrepentirse. ¡Aparca el desengaño e ilumina de una vez tu mirada, para adelante, has descansado ya suficiente en el fracaso! Bucear en un pasado lleno de recuerdos amargos no es una opción. ¡Deja de mirar de reojo al destino y encara tus demonios! Cristina llora, y la droga que progresa, y progresa… ¡Me han dado demasiadas puñaladas por la espalda! He probado las mentiras en mi propia carne y nadie ha venido a pedirme perdón.
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