El bosque de los niños.
Dorotea vivía en una casa gris, rodeada de adultos que siempre tenían el ceño fruncido y que nunca sonreían. La parte de fuera de la gran casona, no tenía jardín, tan sólo un suelo enlosado sobre el que resonaban las pisadas de las visitas que arribaban al triste lugar. Eran personas adultas, serias, gentes que no gastaban bromas jamás, y de las que ella siempre huía.
Su familia eran personas rectas, eso decía todo el mundo, y por la forma de hacerlo, Dorotea percibía que eso de ser recto, era algo muy bueno, aunque no comprendía a qué se referían exactamente, ¿quizás a caminar erguidos? No, eso no podía ser, porque el abuelo siempre estaba encorvado, incluso cuando se sentaba a la mesa, y era considerado igual de recto que los demás. Al no comprender, arrugaba el morro y cambiaba de pensamiento.
Un profesor particular, don Esteban, venía cada mañana a enseñarle las lecciones que debía aprender, tan aburridas que Dorotea bostezaba cuando el maestro no se daba cuenta; después comían en familia, su padre nunca estaba, era un hombre muy ocupado que siempre tenía algo importantísimo que hacer; su madre mandaba servir la comida y después pasaba el rato añorando a su hijo mayor, que se había marchado a alguna guerra hacía mil años, y no había vuelto. El abuelo, encorvado, sorbía la sopa en silencio, mientras la abuela le miraba con un rictus de desprecio mal disimulado en el rostro, y su tío Enrique, un solterón que aún vivía con ellos, parloteaba sobre todo lo que le había cundido la mañana, cuando en realidad no había hecho otra cosa que deambular por la casa.
La cigüeña trastocada.
En un pueblo cerca de las montañas, estaba toda su población muy alterada porque alguien ya había dado el aviso que la cigüeña trastocada estaba llegando y cada vez que lo hacía, daba vueltas todas las costumbres del pueblo y en más de una ocasión, entorpecía la vida cotidiana de sus habitantes.
La cigüeña, como cada año, llegó y comenzó a construir su nido en la puerta de la Iglesia, por lo que la gente no podía acudir misa ni entrar a rezar, entonces se enfadaban con el cura, el cura con la cigüeña y ésta, sin que se le moviese ni una pluma, seguía trabajando con su nido.
Como su misión en el pueblo, era llevarle un niño a los padres que ese año le habían encargado, eso traía serios inconvenientes.
En muchas ocasiones, a los que habían encargado un varón les llevaba una hermosa niña y a los que habían pedido una niña, les llevaba un varón.
Otras veces, se olvidaba de algunas familias que habían pedido un bebé y como veía que le sobraban, les llevaba dos o tres niños a una sola mamá.
Pero la anécdota más terrible que hizo la cigüeña trastocada, fue con la Sra. del panadero. A la pobre mujer, en esa ocasión, la tuvieron que ingresar en el hospital con un ataque de nervios, porque cuando se asomó a la cuna para ver el bebé que le había traído, se encontró que había un pichoncito de cigüeña que con su piquito abierto le decía: ¡pío,pío! y más tarde encontraron que al bebé lo tenía la cigüeña en su nido.
Duendes de ciudad.
Nadie creía que Marta pudiera ver un serecillo como el que describía, pensaban que todo era producto de su imaginación. Pero lo cierto es que ella lo veía, y eso nadie podía negárselo.
- Si ves algo que los demás no ven, es porque no existe – le explicaban las personas mayores, y con esto daban por zanjada la cuestión.
Todo empezó un día que estaba enferma, tenía gripe y no podía ir al colegio, el médico la visitó en su casa y le dijo a su madre que debía guardar cama durante unos días. A Marta no le gustó mucho la idea, detestaba estar enferma, porque no podía hacer nada de lo que le gustaba. Sin embargo tenía fiebre y tosía, estaba débil, así que lo mejor que podía hacer era guardar reposo.
Cansada de leer los tebeos que su hermano le había dejado, decidió dormir un rato, de este modo el tiempo pasaría más rápido. Cerró los ojos y se dispuso a hacerlo cuando escuchó una especie de sonido en el cristal de la ventana. Pensó que sería el viento, y decidió hacer caso omiso. Pero poco después volvió a escuchar algo, se trataba de una especie de golpecitos, como si alguien aporreara el cristal de la ventana. Decidió levantarse de la cama y descubrir de qué se trataba, retiró la cortina lentamente y sus ojos se abrieron como platos.
Aturdida regresó a la cama, aquello no podía ser, ¿estaría soñando? Se pellizcó para asegurarse de que estaba despierta, y el dolor se lo corroboró. Volvió a escuchar los golpecitos en el cristal, pero no se movió, tenía miedo.
El niño perdido.
Todas las noches Gabriel se asomaba a la ventana de su habitación y observaba atentamente hasta que aparecía aquella figura que se paseaba por su calle. Era casi un ritual. Sobre las 11 de la noche se levantaba y se mantenía muy atento, a las once y cuarto, más o menos, aparecía el ser misterioso. Caminaba muy despacio, sus pasos eran demasiado cortos, y sin desviarse ni un milímetro caminaba justo por el borde de la acera. Gabriel, no perdía detalle, e intentaba distinguir de quien se trataba. En las noches de luna llena, cuando la luz del satélite iluminaba la calle casi como si fuera de día, podía parecer que se trataba de un niño, era pequeño, de baja estatura y su atuendo parecía demasiado extraño para ser real. Pero en las noches más oscuras, la figura se transformaba en un ser casi monstruoso, y nadie podría haber asegurado que se tratara de un ser humano.
Gabriel era un niño, que podría considerarse hoy en día, un poco movido. A sus 9 años no paraba nunca quieto, siempre estaba jugando y saltando todo aquello susceptible de ser saltado. No había forma que nada de este mundo le llamara la atención. Se aburría de todo con tanta facilidad, que desesperaba a todo aquel que estaba a su lado. En fin, era una joya de criatura que a pesar de todo, se hacía querer. Sus padres, familiares, profesores y amigos del colegio estaban de acuerdo en defender el gran potencial que poseía, eso sí, en cuanto aprendiera a dirigir adecuadamente su exceso de energía. Por eso, viéndole asomado a la ventana, poniendo sus cinco sentidos en aquella extraña figura, hubiera provocado una sorpresa mayúscula.
La puerta de la esperanza.
Sonia vivía en una gran ciudad rodeada por una muralla demasiado alta para poder ver lo que había al otro lado. Sólo tenía 10 años, pero había vivido tantas aventuras que un día había decidido escribirlas en una especie de diario que escondía debajo de colchón.
Cada noche, antes de apagar la luz, Sonia escribía todo aquello que le había pasado durante el día, y cuando lo releía, siempre pensaba que era una niña muy afortunada, ya que le pasaban cosas fantásticas, y pensaba que pobrecitos los niños y niñas que tenían vidas tan aburridas que no se podían escribir.
Un día, a la vuelta de su gran aventura, notó que le dolía un poco el cuello. La verdad es, que hacía mucho frío aquella mañana antes de salir del colegio, pero no creyó necesario volver sobre sus pasos para buscar el abrigo, además, tenía demasiado miedo que alguien la viera pasar al otro lado del muro. De esta manera fue como Sonia, se puso tan enferma que aquella misma noche, cuando estaba en el gran comedor con el plato de sopa caliente, empezó a notar como le subía la fiebre. Una de las cuidadoras, la Rosita, que era la que más apreciaba a Sonia, la llevó a su camita y con mucho cuidado le ayudó a ponerse el pijama y llamó al médico para que le recetara alguna medicina.
Sonia, se sentía un poco triste, ya que no se veía con fuerzas de salir a vivir sus grandes aventuras con los amigos del otro lado del muro, así que a la mañana siguiente, una vez pasó la Rosita para ver como se encontraba, cogió su libro de debajo de colchón y empezó a leerlo desde la primera página.
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